LOS PROPÓSITOS Y LAS ADICCIONES

Todos estamos aquí para lograr un propósito, o varios. No tiene porqué ser un propósito de una gran envergadura, pero siempre será algo que nos hará sentir conectados, nos llevará a sentirnos mejor con nosotros mismos e incitará a los demás a hacer lo mismo. Darnos cuenta de ésto y encontrar nuestro propósito es fascinante.

Cuando lo encontramos fluimos con la vida y todo sucede de una manera muy sencilla, casi sin esfuerzo, o con esfuerzo amable, fluido.

Lo que ocurre a veces es que nos enredamos con adicciones varias en distintos momentos de nuestra vida: sustancias o circunstancias que están a nuestro alcance y son realmente fascinantes para nuestro cuerpo físico, mental o emocional, pero no para nuestro espíritu, que queda encadenado, enredado y pierde capacidad de expresión. Nos perdemos por el camino y esta desconexión nos hace distanciarnos de nuestro propósito.

Los enganches pueden ser múltiples:

Los enamoramientos. Nuestro cuerpo emocional necesita sentir amor. Si no sentimos amor en la misión que hemos venido a cumplir, que siempre enamora, sucede que entramos en la cadena sin fin de enamoramiento/desilusión hacia personas a las que muchas veces ni siquiera conocemos profundamente, porque de lo que nos enamoramos es de la emoción/sentimiento del amor o de la imagen que nos hemos creado de esa persona, a veces irreal, y que llena el vacío existencial que sentimos cuando no conectamos con nosotros mismos.

O nos enganchamos con algo material, por ejemplo el dinero. En la sociedad en la que vivimos el dinero es necesario, pero si nos obsesionamos con acumularlo, convirtiéndose en un objetivo vital, es probable que llegue un momento en el que nos demos cuenta de que hemos invertido nuestra vida en algo que no tiene un sentido real y profundo. Al final de nuestros días, si no nos hemos sentido realmente útiles y conectados con nuestros semejantes más allá de la acumulación material, es posible que la sensación de vacío predomine. En cambio, si sentimos que hemos expandido nuestro espíritu y hemos dado lo mejor de nosotros mismos a los demás, contribuyendo con nuestro granito de arena a mejorar el mundo que dejamos, la sensación es probable que sea muy distinta.

Adicciones a diferentes sustancias. Podemos caer en la adicción a algún tipo de droga, al alcohol, a la comida en general, al azúcar… Lo que tienen todas en común es el adormecimiento del espíritu. A la mente le encanta el estado en el que la coloca la sustancia en cuestión. Nuestra adicción se convierte en nuestra motivación y no buscamos más allá. Nos dormimos.

Enganches a situaciones vitales. Ocurre muy a menudo, personas que se quedan ancladas a un acontecimiento de su vida, que puede ser traumático o muy fascinante. En el primer caso, la persona se siente una víctima de la vida y no logra aprender nada de la situación. En el segundo caso, la persona se queda anclada a lo que pudo haber sido y no fue, a épocas mejores, que no acepta que estén en el pasado.

En ambos casos el resultado es el mismo, la persona no crece, no aprende, se queda estancada y no encuentra un propósito vital que la saque del estancamiento y la lleve más allá.

Adicciones a uno mismo (a nuestro ego). Nos podemos volver adictos a las respuestas de los demás, a su aprobación, y a partir de ahí, no mirar dentro de nosotros mismos. Hoy en día es muy fácil con internet y las redes sociales. Cultivamos de manera absoluta nuestra imagen externa, por encima de lo que realmente somos. No damos alimento a nuestro espíritu y nos quedamos atrapados en la aprobación de los demás, posiblemente porque no nos aceptamos ni valoramos por lo que realmente somos.

Cuidar de nuestro cuerpo es, por supuesto, saludable. Cuando hemos llegado a amarnos de verdad, sin autocríticas ni sentimientos de culpa, perdonándonos los errores, aceptándolos e incluso agradeciéndolos como parte de un proceso de crecimiento, uno de los efectos inmediatos es que empezamos a cuidarnos en todos los sentidos porque apreciamos a todo nuestro ser y elegimos conscientemente alimentos, relaciones o hábitos saludables para regalarnos lo mejor, como el ser maravilloso que somos. No buscamos la aprobación externa sino sentirnos bien con nosotros mismos.

Existen más adicciones que no estoy mencionando, aunque éstas son las que he observado más frecuentemente.

Fisiológicamente, cuando tenemos una necesidad segregamos dopamina que nos hace movernos para calmar esa necesidad, pero si no reconocemos qué es lo que necesitamos, algo muy habitual, nos quedamos enganchados ante otra sustancia o situación que nos hace segregar endorfinas que nos hacen sentir mejor, pero no calman la necesidad, pues no hemos encontrado lo que buscábamos (nuestro propósito vital u otras necesidades), y no segregamos morfina, que es lo que cesa la búsqueda. Fisiológicamente, somos buscadores de morfina endógena, fabricada por nuestro cuerpo.

Otro efecto secundario muy positivo de cerrar el ciclo de la dopamina o de la recompensa es que cuando cesa la búsqueda, el sentido de la intuición empieza a desarrollarse mucho más.

Cuando te desenganchas de cualquier adicción, un mundo de posibilidades se abre ante ti: de repente aparecen opciones vitales que nunca antes habías visto porque tu energía (mental, emocional o física) estaba en tu adicción. Al liberar esa energía, queda disponible para hacer lo que has venido a hacer.

Abramos el corazón a lo nuevo, no demos nada por sentado. Si vivimos en el pasado, creyendo que sabemos todas las respuestas, no vamos a darnos cuenta de que la vida es cambio. El cambio es lo único inmutable que existe en la vida.

Nuestra educación y las experiencias pasadas impiden que veamos la realidad con ojos nuevos a cada instante, así no dejamos que nada nos sorprenda y hacemos que sea el pasado el que marque nuestro futuro.

El presente es lo único que existe y se crea a cada instante.

Tú creas tu vida a cada instante. Haz con ella algo extraordinario.

 

Mar Tárraga

 

Mar
Mar

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