A la mayoría de los profesionales que tenemos una formación científica nos resulta complicado hablar de espiritualidad porque tememos ser juzgados por no hablar desde el rigor científico. Yo también tengo este miedo, que he tenido que superar.

Entiendo y siento la espiritualidad desde una parte muy profunda de mí misma que siempre ha estado muy presente y a la que he querido prestar atención porque, cuanto más conectada me he sentido, más respuestas han ido apareciendo cuando las he necesitado a lo largo de los años.

Todos nacemos con esta parte espiritual presente de una manera latente, lo que suele pasar es que no nos enseñan a prestarle atención y es a lo que prestamos nuestra atención lo que va creando nuestra realidad. Si algo no existe en tu pensamiento no existe para ti, porque sólo percibimos lo que capta nuestra atención e interés.

Y le prestamos atención a ganar más dinero, a tener prestigio, a estar guapos/as… y normalmente ¡lo conseguimos!, precisamente porque le damos esa importancia y atención. Si la educación espiritual estuviese más presente en nuestras vidas, también conseguiríamos desarrollarla.

De una manera intuitiva todos buscamos respuestas a las grandes preguntas, pero si no estamos en contacto con nuestra esencia probablemente no las encontraremos, porque no están fuera, sino dentro.

Los dogmas preestablecidos o a las ceremonias religiosas no suelen conectar con esa esencia íntima espiritual y frecuentemente las percibimos muy ajenas a nosotros. Ese sentimiento de unión espiritual es algo íntimo y personal y cada uno de nosotros lo siente de manera distinta, por eso muchas veces es tan difícil conectar con ceremonias rígidas que no nos hacen sentir cerca de nuestra realidad espiritual.

La meditación, por ejemplo, nos ayuda a estar más en contacto con nosotros mismos y a no perdernos por el camino de la hiperracionalidad, que es lo que nos transmite el mundo exterior, al que no encontramos un sentido profundo, porque no lo tiene.

Si nos dejamos guiar por los valores que rigen nuestro mundo actual: poder, dinero, importancia personal, egocentrismo… casi con toda seguridad llegaremos a un punto donde nos replantearemos nuestra existencia, porque estaremos perdidos.

La ciencia, muy presente en nuestro mundo racional, y la espiritualidad, no están reñidas. Vivimos en un mundo donde hay unas leyes físicas que conocemos, pero también existen unas leyes energéticas o espirituales, que si conocemos, van a ayudarnos a vivir una vida más plena y feliz.

La física cuántica nos habla por ejemplo, de la existencia del campo morfogenético y del biofotón: un campo electromagnético con una vibración de baja frecuencia que emiten todas nuestras células y que dependiendo de nuestro estado, se expresa con mayor o menor intensidad.

Todos nosotros, después de habernos deshecho de lo que nos limita (enfermedades, resistencias, bloqueos, creencias limitantes…), emitimos más luz (biofotones) y es algo que sentimos y es percibido por los que nos rodean.

http://journals.plos.org/plosone/article?id=10.1371/journal.pone.0006256

Esta luz la podemos interpretar como AMOR universal que se expresa a través de nosotros. Amor o divinidad, podemos llamarlo como queramos. Cuanto más amor somos capaces de expresar y transmitir, menos enfermaremos, mayor coherencia habrá en nuestras vidas y mayor fluidez en todos los sentidos.

Para mí existe una relación directa entre la capacidad de expresar amor y el sentimiento espiritual que nos hace sentir este amor de manera profunda.

Cuando sentimos y conectamos con ésto, nuestra intuición crece y nos sentimos más libres y en paz independientemente de las circunstancias.

 

Mar Tárraga.

 

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